¿PERDER LA ESENCIA?
Parecía un lunes como otro cualquiera, pero, sin embargo, algo había cambiado en mí. Aquella tarde, me senté en mi escritorio dispuesta a bloquear mi bloqueo escritor. Va Julia, no es tan difícil, llevas toda tu vida haciéndolo, me decía a mí misma.
Y era verdad, desde pequeña la escritura había sido mi refugio. Mi manera de entender el mundo. Mi manera de relacionarme con él. Siempre había destacado por mi capacidad de crear personajes de cero, y de convertir simples palabras sueltas en relatos llenos de imaginación, diversión y fantasía, que entretenían a todo aquel que los leía.
Pero hacía ya un tiempo desde que eso no era así. Por más que lo intentaba, al escribir, mis palabas estaban vacías. No transmitían nada, y en muchos casos, ni siquiera tenían sentido completo.
Mi falta de inspiración llegó cuando murió mi padre. Fue muy repentino, por lo que todavía sigo sin asimilarlo completamente. A partir de ahí, nada fue igual. Se acabó todo lo que siempre me había gustado, lo que siempre se me había dado bien, con lo que probablemente, también mi propia identidad, mi esencia. Aunque era consciente de ello, hacía lo más fácil, ignorarlo.
Hasta que, aquella tarde de ese lunes que parecía como otro cualquiera, decidí intentarlo, ya que tenía pendiente una redacción para la clase de Literatura del día siguiente. Pero, como veis, no me fue posible. De nuevo, me di cuenta de que no era la misma. Qué podía decir. Nada era igual.
Mi madre entró en la habitación, y me encontró llorando en una esquina, abrazando la única camiseta de mi padre que todavía conservaba su olor. Le conté cómo me sentía, lo que me pasaba. Y, aunque intentó ayudarme escribiendo ella la historia, nada cambió, pues seguía sintiéndome una persona inútil, que ni siquiera era capaz de escribir un simple tonto cuento.
Cené rápido y me fui a la cama. Pensé un rato en él. Lloré de nuevo. Acabé por dormirme. Desperté. Me quedé en la cama con la excusa de un dolor de cabeza y no fui a clase. Pero no logré nada. Al revés. Entré en un bucle tóxico donde sólo lloré y dormí durante una larga semana.
Mi madre se preocupó mucho, pero, aun así, todos sus esfuerzos para sacarme de la cama fueron en vano.
Finalmente, con todas las fuerzas que pude reunir me levanté de la cama, me preparé un café y me senté en el escritorio. Pregunté a una compañera y avancé en todo lo atrasado de las clases de esa semana. Estaba en segundo de Bachillerato. No podía permitirme tal descanso. Después de varias horas sin parar de hacer cosas, saqué un folio de mi cajón. Había estado buscando consejos para salir del bloqueo en Internet, y decía algo de hablar sobre cómo te sentías.
Empecé. En la hoja de papel. Con mi bolígrafo favorito. A contar la historia desde el principio.
Esto salió.
Lo leí una vez. No había sido lo mejor que había escrito en mi vida, pero, al menos, había avanzado algo. Y quizá, según quien lo leyese sería un relato diferente e interesante. Y llegaría a ellos de verdad. Así como solían hacerlo mis textos hasta aquel maldito momento.
Me parece que me sentí liberada.
Había sido capaz de escribir. Algo.
¿No es acaso eso lo realmente importante?
A lo mejor, había reencontrado ese refugio del que hablaba. Mi identidad. Mi esencia.
O, ¿puede ser que nunca lo hubiese perdido?