18 de marzo de 2025

RELATOS GANADORES DEL CONCURSO LITERARIO DE SAN JUAN BOSCO: VEGA CORDÓN

 ¿PERDER LA ESENCIA? 

 

Parecía un lunes como otro cualquiera, pero, sin embargo, algo había cambiado en mí. Aquella tarde, me senté en mi escritorio dispuesta a bloquear mi bloqueo escritor. Va Julia, no es tan difícil, llevas toda tu vida haciéndolo, me decía a misma. 

Y era verdad, desde pequeña la escritura había sido mi refugio. Mi manera de entender el mundo. Mi manera de relacionarme con él. Siempre había destacado por mi capacidad de crear personajes de cero, y de convertir simples palabras sueltas en relatos llenos de imaginación, diversión y fantasía, que entretenían a todo aquel que los leía. 

Pero hacía ya un tiempo desde que eso no era así. Por más que lo intentaba, al escribir, mis palabas estaban vacías. No transmitían nada, y en muchos casos, ni siquiera tenían sentido completo. 

Mi falta de inspiración llegó cuando murió mi padre. Fue muy repentino, por lo que todavía sigo sin asimilarlo completamente. A partir de ahí, nada fue igual. Se acabó todo lo que siempre me había gustado, lo que siempre se me había dado bien, con lo que probablemente, también mi propia identidad, mi esencia. Aunque era consciente de ello, hacía lo más fácil, ignorarlo 

Hasta que, aquella tarde de ese lunes que parecía como otro cualquiera, decidí intentarlo, ya que tenía pendiente una redacción para la clase de Literatura del día siguiente. Pero, como veis, no me fue posible. De nuevo, me di cuenta de que no era la misma. Qué podía decir. Nada era igual. 

Mi madre entró en la habitación, y me encontró llorando en una esquina, abrazando la única camiseta de mi padre que todavía conservaba su olor. Le conté cómo me sentía, lo que me pasaba. Y, aunque intentó ayudarme escribiendo ella la historia, nada cambió, pues seguía sintiéndome una persona inútil, que ni siquiera era capaz de escribir un simple tonto cuento. 

Cené rápido y me fui a la cama. Pensé un rato en él. Lloré de nuevo. Acabé por dormirme. Desperté. Me quedé en la cama con la excusa de un dolor de cabeza y no fui a clase. Pero no logré nada. Al revés. Entré en un bucle tóxico donde sólo lloré y dormí durante una larga semana. 

Mi madre se preocupó mucho, pero, aun así, todos sus esfuerzos para sacarme de la cama fueron en vano. 

Finalmente, con todas las fuerzas que pude reunir me levanté de la cama, me preparé un café y me senté en el escritorio. Pregunté a una compañera y avancé en todo lo atrasado de las clases de esa semana. Estaba en segundo de Bachillerato. No podía permitirme tal descanso. Después de varias horas sin parar de hacer cosas, saqué un folio de mi cajón. Había estado buscando consejos para salir del bloqueo en Internet, y decía algo de hablar sobre cómo te sentías. 

Empecé. En la hoja de papel. Con mi bolígrafo favorito. A contar la historia desde el principio. 

Esto salió. 

Lo leí una vez. No había sido lo mejor que había escrito en mi vida, pero, al menos, había avanzado algo. Y quizá, según quien lo leyese sería un relato diferente e interesante. Y llegaría a ellos de verdad. Así como solían hacerlo mis textos hasta aquel maldito momento. 

Me parece que me sentí liberada. 

Había sido capaz de escribir. Algo. 

¿No es acaso eso lo realmente importante? 

A lo mejor, había reencontrado ese refugio del que hablaba. Mi identidad. Mi esencia. 

O, ¿puede ser que nunca lo hubiese perdido? 

RELATOS GANADORES DEL CONCURSO LITERARIO DE SAN JUAN BOSCO: SOFÍA DEL AMO

 NADIE COMO TÚ

Parecía un lunes como otro cualquiera.  

 

Lo raro es que no estabas en el instituto como antes, ya no me saludabas, todo era distinto, ya no eras el de antes, todo cambió. Desde que empezaron las vacaciones de verano supe que ya nada sería como antes, simplemente quería hacerme la tonta, pero lo sabía perfectamente. Pensé que no nos volveríamos a ver más, pero eso nunca pasó. 

 

Nos volvimos a ver, solo que no hablábamos como antes, solo manteníamos contacto visual por segundos. Él seguía caminando y cuando quitábamos la mirada yo me giraba a verle. Su dulzura quedaba atrapada en mis ojos. Era tan perfecto Qué pena que todo eso quedó en el pasado y saber que nunca volverá a pasar, me rompe el corazón en pedazos.  

 

Tal vez en otra vida no hubo distancia entre nosotros, en otra vida no cometiste todos esos errores, en otra vida elegiste estar a mi lado, en fin, nada dura para siempre. Mi madre siempre me decía (en la vida hay dos tipos de personas, las buenas que les pasa lo malo y casi nunca tienen suerte y luego las malas que les pasa todo lo bueno). Supongo que tenía razón, espero que algún día encuentre a la persona indicada y sean felices los dos, porque eso de que jueguen con tus sentimientos no se lo deseo a nadie. Como dije anteriormente, espero que seas muy feliz. Suerte en tu vida. 

 

RELATOS GANADORES DEL CONCURSO LITERARIO DE SAN JUAN BOSCO: LAURA GROZA

 ¡Corre!

Parecía un lunes como otro cualquiera. En el campamento de Lakewood, niños corriendo de un lado a otro y gritando, salvo que no era exactamente felicidad, no, era de horror y miedo. Era un tenebroso lunes oscuro y callado la isla del Lakewood, extrañamente más callada de lo normal.
¿Qué hora era? No lo sabía, ella, que ahora se encontraba corriendo por medio del bosque al anochecer, no lo sabía. 

Aquella chica con pantalones vaqueros cortos, deportivas, malgastadas y respiración agitada, conocida como Maya, no sabía ni a dónde iba o si en algún momento terminaría en la costa de la isla con arena en sus zapatos. 

Lo que sabía muy bien era del loco bastardo que apareció en el campamento y empezó a disparar con escopeta en mano. Sabía muy bien cómo sus amigos habían muerto delante suya y con certeza duda sabía que quizá hoy sería su último día. 

Joder, Joder! -repetía Maya en su cabeza sin cesar, tanta adrenalina y pensaba que su corazón iba a saltar de su pecho. Tenía las rodillas llenas de moratones y arañazos por no poder ver bien con la oscuridad acechándola. ¿Por qué no ha llamado por ayuda? Maya no tenía su móvil, se lo dio a los monitores que los guardaron en unas cajas. Ahora mismo se arrepentía de no haber mentido y haberles dicho que no había traído el móvil, y si intentase ir a la cabina de los monitores a por su móvil, la maldita puerta estaría cerrada.

Maya siguió corriendo por un buen rato. No sabía ni siquiera el cómo no se había desplomado ya, ni siquiera en educación física corría tanto. De repente divisó algo a lo lejos, ¡una cabina! No sabía muy bien si era una cabina de monitores o una cabina de comunicación, pero le tiró a suerte y con grandes zancadas, se dirigió hacia ella. 

Se supone que tenía planeado ser discreta, pero eso se fue al garete cuando abrió la puerta de par en par y casi se la come con los dientes. Su primer instinto fue alcanzar para darle al interruptor de la luz, lo que no funcionó y dejó una queja de molestia salir de su garganta, genial, ese loco había cortado los generadores de luz de toda la maldita isla. 

Maya decidió acercarse a los millones de botones de un panel de control, apagados, pero emitían una tenue luz que ayudaba. Cuando se acercó al panel, también escuchó un crujido de la puerta y esta cerrándose, deseaba que solo fuera el viento y ya está, pero a esta pesadilla le apetecía hacer cosas más interesantes y cuando intentó girarse para ver de dónde venía el sonido, una mano se lo impidió, y silenció el grito ahogado de la boca de Maya. Ella inmediatamente hizo lo mejor que sabía hacer y empezó a pegar puñetazos y patadas al aire, esperando que alguna cayera donde tuviera. 

Maya dio un codazo, lo que recibió en respuesta un gruñido de dolor y la dejó ir. Maya se apartó del desconocido sujeto tan rápido como pudo, con una bocanada de aire y se giró para mirarlo. 

- ¡Aléjate de cabronazo! - Maya gritó exaltada y con cierto horror en su voz, mientras escaneó la cabina por algo con lo que defenderse, pero fue en vano. 

- ¡Joder, Maya! Soy yo, Matías. - el desconocido, dijo mientras se sostenía el costado donde recibió el codazo. Eso hizo que Maya abriera los ojos en sorpresa, debajo de la oscuridad se encontraba Matías delante de ella.

- ¡Maldita sea, Matías! ¡No hagas esas mierdas! - Maya dijo con cierto enfado, pero un poco reconfortada, ya que no era ningún loco asesino. 

- Perdón, era para que no gritaras y alertaras a toda la isla. - Matías dijo con un suspiro mientras se masajeaba su costado. - No sabía que pegabas tan bien. - Matías dijo con una sonrisa ladeada, a lo que Maya rodó los ojos. 

- Bueno, al menos no estoy sola, estoy con tu estúpido trasero. - Maya dijo mientras cruzaba los brazos, lo que hizo que Matías sonriera aún más grande. 

Era un comentario sincero, aunque Matías era un tonto, ahora Maya preferiría estar con él que con cualquier otro, sobre todo con un asesino por ahí.

- De nada por haberte seguido para que no estés sola. - Matías, dijo mientras rodó los ojos. Maya le dio una mirada extrañada, ´´ Eso sí que es raro``, pensó. - Venga vamos, un lugar donde los demás se esconden. - Matías dijo mientras señaló a la puerta de la cabina con un movimiento de cabeza. 

- ¿Los demás? Qué alivio. Maya se susurró con un suspiro y una sonrisa de esperanza, mientras se adelantó y salió por la puerta. Matías la siguió con la mirada y miró por última vez a la cabina y dirigió su mirada, seria esta vez, a una cámara en la esquina superior derecha, la lucecita verde de encendida parpadeando. Luego fue y siguió a Maya.