8 de febrero de 2026

PREMIOS LITERARIOS SAN JUAN BOSCO: LIDIA MADORRÁN HIDALGO (1º BACHILLERATO)

 UNA REALIDAD INVENTADA

Se levantó como cualquier otro día, se dirigió al baño y se miró en el espejo. Este reflejaba a un hombre de mediana edad; con un pelo normal, una ropa normal, todo en él era normal. Menos su mirada; esta mostraba dolor, cansancio y lamento. 

Él al mirarse se preguntó cómo había podido llegar a aquella situación, cómo después de haber sido tan feliz todo hubiese cambiado a peor. Recuerda su pasado, imágenes de una bella mujer aparecen en su mente, además de esta, las de una pequeña niña siendo alzada por él mismo. 

De repente, aquellas dos personas se desmoronan y surge un coche. Esta vez, las imágenes emergen menos nítidas y más borrosas, pero se puede ver una gran mezcla de luces, al principio de farolas, luego una justo en frente del volante y, tras unos minutos de oscuridad, luces rojas y azules. 

Ahora estaba solo, sin nadie para hacerle compañía. Volvió a mirarse en el reflejo y vio cómo las lágrimas caían de sus ojos. Entonces, una de ellas resbaló hasta el grifo. No supo si era ese sonido o el deseo de cambiar el desgraciado rumbo de vida que llevaba cuando salió de ese baño, de esa casa para terminar de una vez con todo ese lamento. 

Notó cómo la luz le cegaba al apartarse de la puerta, hacía mucho que no se alejaba de su hogar. Se dirigió a un lugar que no pisaba desde hace años. Aún recordaba el camino, este sitio estaba apartado de la ciudad así que, tras un largo viaje, finalmente llegó. Dudó si llamar o no, pero al mirar su pasado y su presente no se permitió dar la vuelta. Llamó sin saber que ese podía ser el mayor error jamás cometido por él. 

La persona al otro lado de la puerta abrió esta y ambos se miraron. No había caras de alegría o de pena, solo de naturalidad por ambas partes. El residente de la casa le dejó pasar. 

Observó su entorno, un desastre. Papeles por aquí y por allá, suciedad, máquinas sin funcionar, cables, cajas de comida… Esto no le detuvo para entrar y, con una simple mirada, el otro hombre pasó a un cuarto. 

No le temblaban las piernas al andar, estaba decidido a hacer aquella locura que antiguamente pensó que era imposible. Todo empezó en un funeral, un amigo dando el pésame al otro, que había perdido a su mujer y a su hija. Le habló al oído, le sugirió una idea que a nadie se le ocurriría, solo a él. 

Recuerda cómo le gritó, diciéndole que si estaba loco o si solo quería jugar con él. No supo que iba a acabar como está ahora. 

Entró al cuarto; el hombre, que había entrado anteriormente, se encontraba dando fin a los últimos preparativos de aquella máquina. Cuando terminó, le indicó que se acercase y entrara a esta. Eso hizo. 

Ya dentro no escuchaba nada, solo veía a su viejo amigos intentar poner en marcha la máquina. 

Entonces, cerró los ojos, solo veía completa oscuridad, hasta que una luz apareció delante de él. Caminó a esta y pudo ver unos ojos, esos ojos. Repleto de alegría se acercó a estos y vio a su mujer, igual que antes de fallecer. Se abrazaron con ímpetu y, al mirar a un lado, observó otros pequeños ojos, su hija. Este hombre rebosaba de felicidad. 

Hasta que un fallo se produjo. No se supo qué era, una risa más aguda de lo normal o un gesto nunca antes hecho. El hombre se dio cuenta que su mujer e hija no iban a volver, que lo que tenía en frente solo eran meras copias de lo que alguna vez fueron. No eran ellas. 

Al ver que ya nunca iba a volver, se volvió loco, las imágenes de las mujeres que una vez amó desaparecieron. 

Fuera del sueño, la máquina empezó a fallar. Chispan iban y venían. Hasta que, finalmente, la máquina explotó. 

Días más tarde, en el mismo lugar donde había una casa, ya no había nada. Policías se paseaban por el recinto. Los periodistas se encontraban en el límite de este preguntando qué había pasado, 

“Todo fue culpa de la IA”, resumieron estos, dejando atrás la historia de un hombre que intentó volver a vivir y no pudo. 

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